Notas de la palabra clave

Ananías de Asqêlon

Tema: Filisteos

Comodidad de lectura

ECR 218.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad. Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas. Mujeres y hombres las cultivan; ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos, o a fuerza de brazos o con el viejo — y chirriante — sistema del pobre burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo. Los cultivadores no dicen nada. Jesús saluda: «Paz a vosotros». Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

«Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre. No comprenden tu saludo. Voy a probar yo» dice Tomás (y aborda al primer hortelano que ve, diciéndole: «¿Cuesta cara tu verdura?»).

«No más que la de otras huertas. Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa».

«Bien has dicho, pero, como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comer tus verduras, lo que significa que mi bolsa es una buena ubre. En pocas palabras: somos trece y podemos comprar, ¿qué nos vendes?».

«Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas (pasas porque son de hace bastante tiempo), aceitunas... Lo que quieras».

«Dame huevos, manzanas y pan, para todos».

«Pan no tengo. En la ciudad lo encuentras».

«Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora. No creo eso de que no tienes pan».

«No tengo. La mujer lo está haciendo. Mira, ¿ves allí a ese viejo? Siempre tiene mucho pan porque, estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos. Ve donde Ananías y pídeselo. Ahora te traigo los huevos. De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par».

«¡Ladrón! ¿Qué pasa, que tus gallinas ponen huevos de oro?».

«No. Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; que no es agradable. Además, ¿no sois judíos? Pues pagad».

«Quédate con los huevos y considérate bien pagado» y Tomás le vuelve la espalda.

«¡Eh, hombre! ¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario».

«Ni cuatro; bébetelos, y a ver si se te atragantan».

«Ven. Escúchame. ¿Cuánto me quieres dar?» el hortelano sigue a Tomás.

«Nada. Ya no los quiero. Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad. Será mejor que no coma nada, así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey ni el apetito para comer bien en la hostería».

«Te los doy a un didracma el par».

«¡Uf, eres peor que un tábano! ¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos! Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes» y Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto. «¿Has visto? A partir de ahora en este pueblo de ladrones hago yo las compras; sé cómo tratarlos. Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres: los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos, y se pasan enteras jornadas regateando el precio. Ahora me vengo.

218.3

Vamos a ese otro escorpión. Ven Pedro. Ten estos huevos, Juan».

Se dirigen a donde el anciano que tiene la huerta a lo largo de la vía principal, que, desde el Norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, conduce a la ciudad. Es una vía bien adoquinada (sin lugar a dudas, hecha por los romanos). Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad. Dentro, se ve que la vía prosigue derecha, verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina, dejando el centro de la calle para los asnos, camellos, carros y caballos.

«¡Salud! ¿Nos vendes pan?» pregunta Tomás.

El anciano o no oye o no quiere oír. La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia y grita: «¡Para a tu Sansón! Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista. ¡Escúchanos!».

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos, pero Pedro le desarma diciendo: «¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro? Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón, y si eres israelita te gustará también porque recordaría una derrota de los filisteos. Así que...».

«Soy filisteo, ¡y a mucha honra!».

«Me parece bien. Yo también te ensalzaré si nos das pan».

«Pero, ¿no eres judío?».

«Soy cristiano».

«¿Qué lugar es?».

«No es un lugar. Es una persona. Y yo soy de esa persona».

«¿Eres esclavo suyo?».

«Soy más libre que ningún otro hombre, porque quien es de esa persona ya no depende sino de Dios».

«¿Es verdad eso que dices? ¿Ni siquiera del César?».

«¡Bah!, ¿cómo vas a comparar al César con aquel a quien yo sigo, al cual pertenezco y en cuyo nombre te pido un pan!».

«Pero, ¿dónde está esta persona poderosa?».

«Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe. Es el Cristo, el Mesías. ¿No le has oído nunca mencionar?».

«Sí. El rey de Israel. ¿Derrotará a Roma?».

«¿Roma! ¡Al mundo entero, y hasta al Infierno!».

«¿Sois sus generales? ¿Vestidos así? Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos...».

«Sí y no. Pero... dame pan y mientras comemos te explico».

«¿Pan? ¡Hombre y también agua y vino y unos bancos, aquí a la sombra, para ti, tú compañero y tu Mesías! ¡Llámale!».

Pedro trota ligero hacia Jesús: «¡Ven, ven! Ese filisteo anciano nos da lo que queramos. Pero creo que te va a asaltar a preguntas... Le he dicho quién eres, más o menos. Tiene buena disposición».

218.4

Todo el grupo se dirige hacia la huerta. Cuando llegan, el hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

«Paz, Ananías. Prosperidad a tus tierras por tu caridad. Que te produzcan pingües frutos».

«Gracias. Paz a ti. Siéntate, sentaos. ¡Anibé! ¡Nubi! Pan, vino, agua. Inmediatamente» ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas (una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo; la otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo). El anciano explica: «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer; también han muerto ya las que vinieron con ella. Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo. Mi mujer era de allí. Prohibido, ¿no? No me preocupa. No soy de Israel, y las mujeres de raza inferior son dóciles».

«¿No eres de Israel?».

«Lo soy a la fuerza, porque a Israel le tenemos al cuello como un yugo. Pero... Tú eres israelita... ¿te ofendes por esto que digo?».

«No. No me ofendo. Lo único que querría es que escucharas la voz de Dios».

«A nosotros no nos habla».

«Eso lo dices tú. Yo te estoy hablando, y es su voz».

«Pero Tú eres el Rey de Israel».

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino, y que oyen hablar de “rey”, se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”, y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

«Gracias, mujeres. Paz también a vosotras». Luego, vuelto al anciano: «Son jóvenes... Sigue, sigue tu trabajo».

«No. La tierra está mojada y puede esperar. Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévale a su sitio; tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego... ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?».

«No te tomes más molestias; me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón».

«No es molestia. Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche; partiremos el pan y compartiremos la sal. ¡Venga, vosotras, daos prisa! Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena. Poneos en marcha» y las dos mujeres se van sin hablar.

218.5

«¿Así que eres Rey? ¿Y las armas? Herodes es cruel en todas sus manifestaciones; nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!... Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel. ¿Cómo te las vas a arreglar?».

«Sólo tengo el arma que viene de Dios».

«¿La espada de David?».

«La espada de mi palabra».

«¡Pobre iluso! Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones».

«¿Tú crees? Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo, sino, por todos vosotros, al Reino de los Cielos».

«¿Todos nosotros? ¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?».

«Todos. Tú y ellas, y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas».

«¿Quieres construir un reino tan grande! ¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarle: Reino de la Tierra».

«No. No comprendas en modo errado. Mi Reino es el Reino del verdadero Dios. Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo. Todo hombre es un alma vestida de cuerpo, y el alma no puede vivir sino en el Cielo. Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios, conducirla a Dios a través de la bondad y el amor».

«Me agrada mucho esto. Aunque no vaya a Jerusalén, sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos. ¿De modo que no nos odias?».

«No odio a nadie».

El anciano se queda pensando un momento... luego pregunta: «¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?».

«Ciertamente. No son fieras capturadas. Son criaturas desdichadas. Se las debe amar. ¿Tú lo haces?».

«No las trato mal. Exijo obediencia, pero no uso el látigo, y además las alimento bien. Animal mal nutrido no trabaja, se dice. Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado. Además... han nacido en casa. Las he visto niñas. Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo. Casi ochenta, ¿sabes? Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos. Los tengo afecto, como a muebles míos. Serán ellos quienes cierren mis ojos...».

«¿Y luego?».

«Y luego... ¡Psss!... No lo sé. Irán a servir, y la casa se disgregará. Lo siento. La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril... Esta viña... la plantamos yo y mi mujer. Aquel rosal... es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa... Es para mí como un hijo, como mi hijo único, ya polvo, que está enterrado a sus pies... Esto son penas... Mejor morir de joven y no ver esto y la muerte que se acerca...».

«Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer; sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta. La muerte no debe causar terror. La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia. Piensa en esto. Ahora voy a la ciudad. Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos».

«No, Señor. Tengo muchas habitaciones vacías. Te las ofrezco».

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

«No. No las acepto. Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan. Adiós, Señor».

«Paz a ti, Ananías».

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verle marcharse. «Paz también a vosotros. Sed buenos. Adiós». Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé, sonríe al hombre y se marcha.

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