18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.
El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor le bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche. ¿Por qué? Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte... Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una fúlgida aurora.